pase y relájese


Recuerdos

Posted in Cuento,Cundo todo esto acabe por cecired79 en enero 31, 2010
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La memoria es el perro más estúpido.

Le avientas un palo y te trae cualquier cosa.

Ray Loriga. Tokio Ya no nos quiere

Estoy sentada frente a la ventana de mi habitación. Desde aquí puedo ver los carros y la gente que pasa por la calle. Cada cosa me recuerda algo. Eso es bueno, creo. Hay dos hombres tratando de arrancar un carro que se quedó parado justo en medio de la calle. Es una camioneta grande y no quiere encender. Uno de los dos se baja a empujar y el otro se queda adentro, pero no por mucho tiempo, porque uno sólo no pudo moverlo ni un centímetro, así que entre los dos tratan de orillarlo, pero no pueden, a pesar de que ambos se ven corpulentos.

Recuerdo una vez en el boulevard, en que tú y yo íbamos a ver una película que acababan de estrenar en el cine y de repente, en un semáforo, el carro se apagó y no pudiste prenderlo. Te bajaste y comenzaste a maldecirlo, a tratar de quitarlo de la calle, mientras yo controlaba el volante, pero la calle estaba inclinada y tú solo no podías hacerlo. Te dije que podía bajarme a ayudarte, pero no quisiste. Traías la camisa gris que te regalé en nuestro último aniversario y el pantalón negro que no te gustaba porque se te notaba demasiado el trasero. Era mi pantalón favorito.

Yo insistía en bajarme pero no quisiste. Un joven paró su carro detrás del nuestro y se ofreció a empujarnos. A unos cuantos metros finalmente prendió y esperamos a que nos alcanzara para darle las gracias. El joven era bastante guapo y cuando le di las gracias me sonrió de una manera muy coqueta.

Ya era tarde para la película pero aún así fuimos al cine. En lo que quedaba de camino no dijiste una sola palabra. Yo  sabía que había sido por lo del chico aquel, pero por más que te pregunté no quisiste responderme. Esa fue la única vez que te vi celoso.

A lo lejos puedo ver un edificio de varios pisos. Hay un hombre en la ventana del octavo piso, que parece que amenaza con saltar. En realidad no sé si es un hombre o una mujer, sólo veo una figura en la cornisa y abajo, algunas personas curiosas que esperan con morbo que el sujeto se lance.

Sí. Fue la única vez que te vi celoso. Yo no entendía cómo yo me moría cada vez que te veía con otra mujer, y tú, siempre estabas tan seguro de ti mismo. Recuerdo cuando llegabas a casa y te sentabas desnudo a ver la tele, y en los anuncios te levantabas a la cocina a prepararte un sándwich o cualquier cosa y te paseabas desnudo por todo el apartamento. Yo te decía que siempre deberías de andar sin ropa, y es que en verdad me gustaba verte así.

Ya hay más de treinta personas al pie del edificio mirando al que está en la cornisa. Hay dos patrullas y los policías tratan de acercarse a él para convencerlo de que no se tire. Todavía no llegan ni las ambulancias ni los bomberos. No sé cómo se atreven a quitarse la vida de esa forma. Porque digo, si quieres irte al otro mundo, está muy bien, pero hacerlo tan público, me parece presuntuoso.

Quito la silla y me siento en el marco de la ventana con los pies de fuera. Nadie se amontona en la entrada de mi edificio porque sólo tiene dos pisos de altura. Nadie de suicidaría aquí.

Me gusta sentarme así. Es como cuando eres niño y estás enfermo y a pesar de eso tus papás deciden no cancelar las vacaciones. Mientras todos se divierten en la alberca, tú sólo te puedes conformar con meter los pies al agua para sentirte un poquito dentro de la diversión. Es como estar afuera mientras casi todo estás adentro.

Junto a mí hay una maceta con unas flores blancas, que según me dicen, siempre son seis, pero yo las cuento de todas formas y efectivamente son seis. Tengo un recuerdo con unas flores blancas así. Creo que fue un día en que estaba triste no sé por qué,  llegaste por detrás y me abrazaste, como siempre solías hacerlo. Me diste una flor blanca. Me dijiste que siempre que me sintiera triste tú me ibas a traer una igual, pero que yo tenía que prometerte que me iba a sentir mejor, y sobre todo, que debía recordarte siempre.

Yo te dije que las cosas siempre se acaban y se olvidan. Tú dijiste que con nuestro amor no pasaría ninguna de las dos y que si tú estarías siempre a mi lado, yo debía estar junto a ti.

El recuerdo era algo así. Ya no sé bien.

Desde aquí donde estoy veo la calle. Hay dos hombres afuera de un carro que está en medio de la calle y uno de ellos patea furiosamente la llanta y el otro parece muy apenado.

Alguien abre la puerta de mi cuarto y deja unas cosas en la mesa. Me saluda con la mano mientras saca unas frutas de las bolsas que traía y me dice algo, pero yo no le pongo atención porque me distrae el ruido de unas ambulancias que cuando volteo veo que están en un edificio alto cerca del mío. Mucha gente se amontona alrededor del lugar. Unos paramédicos suben a una persona a una camilla, un hombre o mujer, no sé, que estaba tendido en la acera. Toda la gente trata de saber lo que pasa. Yo también quisiera saberlo.

El hombre que entró hace rato se me acerca por atrás y me abraza. Yo siento extraño porque no sé si lo conozco. Me da una flor blanca. Al verla se me viene algo a la mente. Parece, por un momento, que recuerdo algo, pero luego, esa vaga imagen del pasado, simplemente desaparece.

EL CIRCO

Posted in Cuento,Cundo todo esto acabe por cecired79 en enero 7, 2010
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1ERA PARTE

Esta vez estaba decidida. No era como las otras ocasiones en que amenazaba con algo y luego lo olvidaba o le daba flojera hacerlo.

Así había pasado por varias facetas. La Laura suicida duró poco. Jamás llegó ni siquiera a estar cerca de ver sangre correr por sus brazos. Si no era porque en el momento de hacerlo le llamaban por teléfono para salir a vagar, era porque tenía sueño o porque el pantalón que traía le gustaba mucho y no quería mancharlo. Las pastillas jamás fueron una opción porque le daba asco eso de que se aflojan los esfínteres y todo lo demás. Conseguir una pistola era muy difícil y por eso la idea de suicidarse le duró muy poco.

Luego sufrió una especie de rechazo hacia los alimentos de origen animal. Comenzó a leer cosas sobre la salud y la reencarnación o qué sé yo y decidió que sólo comería frutas, verduras y similares. Pedía las hamburguesas sin carne y los hot dogs sin salchicha. Pero conoció a un chico que trabajaba en un restaurante y su especialidad era el filete miñón, así que para quedar bien con él iba y pedía uno para luego mandar felicitar al chef. Dejó su vegetarianismo y el fulano finalmente no la peló.

En la universidad se conoce mucha gente de todo tipo, y Laura un buen día decidió buscarse un nuevo círculo de amistades. Así pasó dos semanas sentada en el suelo, sin usar zapatos, tocando la guitarra, fumando marihuana y sin bañarse, pero un día en que andaba en sus cinco sentidos se vio en el espejo y se dio cuenta de que tenía caspa y mugre y le dio asco. No volvió a frecuentar a sus amigos y las drogas ya no le llamaron más la atención.

Lo último fue la Laura en huelga de hambre. En la televisión pasaron la película de Gandhi y se convenció de que la gente no la escucharía hasta que hiciera algo en verdad impactante. Se quedó en ropa interior y se sentó a dejar que el hambre y la sed trajeran la paz mundial.

Su familia se turnaba para tratar de convencerla de desistir a su tonta idea, pero sólo perdían el tiempo. Papá se golpeaba la frente al ver que sus esfuerzos eran inútiles y luego lloraba como una señorita despechada. Mamá se sentaba frente a ella y le hablaba, llamándola por sus dos nombres, tratando de hacerla entrar en razón, pero al final terminaba cansándose y se iba. Angelito, su hermano, sólo le dejaba el plato en el piso y se sentaba junto a ella a ver la tele, porque en su propio cuarto no había una. Fueron cuatro días y ni un solo kilo menos. Por las noches Laura no aguantaba el hambre y bajaba a la cocina a comer hasta hartarse.

Sus padres ya estaban acostumbrados a las locuras de la niña, y no es que no les preocupara, sino que sabían que siempre terminaba olvidándolas y buscando algo más descabellado.

Entre una y otra rachas había una de lucidez, en la que eran una familia normal. Sus padres se habían casado cuando ambos tenían dieciséis años. Laura, que entonces diecinueve, entró antes de tiempo a la universidad por ser una niña brillante, y Angelito, de seis, era un niño simpático y muy listo. Dentro de lo que cabía Laura era una chica normal. Generalmente estaba contenta, pero en su cabecita maquinaba cosas sin sentido sin ni siquiera saber por qué.

Pero ahora estaba decidida. Estaban atravesando uno de esos momentos de familia normal, cuando llegó un circo a la ciudad. Como se habían distanciado un poco mientras duró la huelga de hambre, los padres creyeron que era una buena idea ir a divertirse un rato.

De regreso en casa, Laura tuvo una epifanía: su vida estaba en el circo. Así que se iría con él. Empacó algunas cosas, escribió un recado para sus padres, y mientras estaba pegándolo en la puerta, vio salir a su familia con maletas en mano.

-Listo, vámonos- dijo Mamá

-¿Qué creen que están haciendo?

-¿Te vas al circo, no? Pues nos vamos todos.

-Pero, ¿qué piensan hacer ustedes en el circo?

-¿Y qué piensas hacer tú?

Así, sin decirse nada más, dejaron trabajo, escuela, casa, carro y vida para seguir al circo.

La mañana siguiente fue extraña. Los cuidadores bañaban a los animales, haciendo un ruido que resultaba poco común para quienes habían vivido toda su vida en la ciudad. El tráiler donde pasaron la noche olía a incienso y a flores, pues, como eran nuevos, tuvieron que dormir en el camión del vestuario y los adornos.

Hay muchas cosas qué hacer en un circo. Limpiar a los animales, alimentarlos, preparar el vestuario, ensayar los actos. Ese era el problema: necesitaba un acto. Laura tenía la esperanza de que, no teniendo nada que hacer, su familia se iría. Pero no sabía que ellos ya tenían todo resuelto.

Papá tenía buena puntería, y descubrió que sería bueno con los cuchillos y Mamá sería su asistente en un acto con globos y venda para los ojos.

El acto de Angelito sería una sorpresa.

Laura no sabía qué iba a hacer y comenzó a desesperarse. No sabía bailar, ni cantar, le daban miedo las alturas y los animales más.

-Maldita sea. Piensa Laura, debe  haber algo para lo que seas buena. No me lanzaré al cubo con agua. Eso sí que no… me da miedo la plataforma. Maldita sea, con miedo no voy a llegar a ninguna parte. Laura, por favor, acuérdate de Mony, que te decía que tú eras la chica de acero… Eso es.

2DA PARTE

Las luces se apagaron y en el techo comenzó a girar una bola de espejos, llenando la oscuridad de destellos, mientras la voz del presentador daba la bienvenida.

Señoras y señores, niños y niñas, el circo de los hermanos Alameda les da la bienvenida a su espectáculo de magia y acrobacia. Con ustedes el mago Black y su asombroso acto de ilusionismo.

El mago Black realmente era fabuloso. Volaba sin cuerdas y partió a su asistente en seis partes. Apareció una ballena en una especie de gran pila transparente en la que no había nada. Un niño de la primera fila pudo incluso lavarle los dientes con un cepillo enorme. El animal dio un aletazo y bañó al público de las dos primeras filas. Luego cubrieron la alberca con una gran lona morada con estrellas blancas, el mago dijo unas palabras, levantaron la lona y ya no estaba ni la ballena ni la alberca, sólo había quedado el cepillo de dientes.

El siguiente acto fue de payasos. Uno muy chistoso, chaparrito, se subía a una escalera móvil y otros dos lo movían de un lado a otro mientras el público se angustiaba porque en cada movimiento parecía que se iba a caer y a partirse la cabeza naranja en mil pedazos. Cuando por fin se cayó, un payaso corpulento lo cogió en brazos y la gente aplaudió feliz de no haber visto al payaso desangrarse en medio de la pista.

Luego salieron unas chicas con caballos, dando giros y piruetas a galope, con trajes brillantes, con plumas. Al final hicieron una pirámide muy espectacular.

Pasaron el domador y sus fieras, otros payasos, el hombre fuerte cargando cajas de seguridad y hasta un elefante, y más payasos.

Y ahora, desde la lejana Rusia, los Krakovsky, con su sorprendente número de los cuchillos!!

Salieron Mamá y Papá vestidos de rojo con negro. Papá con un traje y una capa, y Mamá con un diminuto traje y medias caladas. Mamá se acomodó en un círculo, le amarraron manos y pies y comenzó a girar. Papá le lanzó cuchillos y luego, con la cabeza dentro de una bolsa de papel, reventó globos que Mamá sostenía con las manos y la boca. Acabaron el acto muy tranquilos, como si lo hubieran hecho toda la vida.

La gente había aceptado muy bien el número. Papá se veía muy apuesto con el cabello rubio (porque a ambos se lo tiñeron de ese color) y Mamá arrancó varios silbidos del público.

Los malabaristas hicieron volar muchas cosas: sillas, mesas, pelotas, botellas y hasta dos chicas que parecían estar hechas con algo más ligero que el algodón.

Y ahora, querido público, prepárense para ver un acto nunca antes visto por el ojo común. Desde Canadá. Laurie, la chica de acero.

Laura apareció en la pista con un traje de lentejuelas plateadas, con el rostro, el cabello y las manos, pintados de plateado, y una cadena alrededor de la cintura. Dos ayudantes pusieron una mesa con lo que ocuparía en su acto.

Laura, o Laurie, como era su nombre artístico, se sentó en el piso un momento para concentrarse. El público guardó silencio para no distraerla. Ella se repetía en voz baja. Soy una chica de acero. Soy una chica de acero.

Se levantó y sacó de una caja negra una bolsa con corcholatas. Sacó una y la enseñó al público. Luego la metió en su boca y la masticó. Sacó la corcholata plana y perfectamente circular. Luego comenzó a meterlas una a una en su boca mientras la gente contaba. Uno, dos, tres, diez. Las masticó y sacó una gran bola de metal compacto. Los aplausos no se hicieron esperar. Así masticó más metal y parecía que realmente sus mandíbulas eran de acero. Para finalizar el acto sacó una botella de vidrio y la mordió, arrancándole el cuello, lo masticó, y siguió mordiéndola hasta que toda la botella fue triturada con sus dientes. Se acercó al público, luego escupió los vidrios en una caja con su nombre. El aplauso no se hizo esperar. La gente no podía creer lo que veía.

Por fin el número final: los trapecistas haciendo mil cosas en el aire.

Cuando la gente creyó que ya se había terminado el show, el presentador les dijo que no se fueran sin ver la sorpresa que les tenían preparada.

La bola de espejos bajó hasta el piso, una payasa la desenganchó y jugó un poco con ella, haciéndola rodar. Luego la dejo en medio de la pista. De golpe, la esfera se abrió y salió de ella Angelito, con un traje de colores y una coronita en su cabeza. La gente aplaudió mucho el final.

El gerente estaba encantado con los nuevos actos. Los Krakovsky saldrían a diario. Laurie se presentaría un día sí y otro no, porque tenían que dejar que le sanaran las heridas en la lengua y encías.

Angelito había estado fenomenal, pero decidieron que ya no permanecería oculto durante toda la función. Sino que podían meterlo en otros lugares pequeños como cubos o una lavadora de juguete. Definitivamente no podían desperdiciar su talento limitándose a una bola de espejos.

Visitaron muchos países, cautivando públicos diferentes, modificando sus actos, mejorándolos. Mamá y Papá ya no sólo hacían el lanzamiento de cuchillos convencional, ahora Mamá se metía en un sarcófago de papel y Papá le lanzaba los cuchillos sin verla. Una vez nada más hubo una falla y Mamá casi pierde un dedo. Por suerte pudieron coserlo a tiempo y el percance no pasó a mayores.

Angelito era la estrella infantil. Con un poco de esfuerzo podía encogerse tanto que cabía en los lugares más reducidos. Cada presentación era diferente. Estuvo dentro de una pelota con la que los payasos jugaron un partido de futbol, dentro de una caja de regalo que sostuvo un niño del público durante la mitad de la función. Al final, salió saltando con un traje de arlequín, asombrando a los espectadores. Se metía en una esfera transparente y luego la introducían en la boca de un elefante o de la ballena en el acto del mago Black.

Laura ya no sólo masticaba metal y vidrio, sino que se tragaba puñados de tachuelas, alfileres, clavos. Introducía una daga de treinta centímetros por su boca, trituraba las botellas con las manos antes de masticarlas, rompía espejos en su frente. En fin, cada vez su acto era más sorprendente. Chang, uno de los trapecistas, le daba ideas y le ayudaba a planear su acto, a preparar el vestuario, a maquillarse. Se hicieron buenos amigos, después, la amistad se convirtió en romance. Juntos bañaban a los leones, paseaban por las ciudades que visitaban. Chang le curaba las heridas de las manos, frente y boca.

Una noche, durante la segunda función, los trapecistas presentaban su acto. Como siempre, Laura veía a Chang desde atrás de la pista. Algo pasó, la cuerda que sostenía el trapecio de Chang no soportó el peso, y se rompió. El joven cayó en la red de seguridad, pero cayó parado y rebotó, proyectándose hacia fuera de la pista, cerca de donde vendían golosinas en el intermedio. El público guardó silencio durante los segundos que duró todo esto. Un golpe seco se escuchó al caer el cuerpo del joven chino contra el suelo.

Laura observó de lejos cómo sacaron al público para que los paramédicos pudieran trabajar. Vio cómo subieron a Chang a la camilla. Cómo limpiaron la sangre del piso. No hizo nada más que mirar detrás del escenario.

El espectáculo tenía que continuar y continuó, aunque las cosas ya no eran iguales sin Chang, sobre todo para Laura. Siguieron viajando por el mundo, presentándose una y otra vez. Viajando regresaron a la ciudad de donde habían salido. Después de la función, sin decir nada, tomaron sus maletas, y así como llegaron al circo, se fueron.

Llegaron a casa. Mamá y Papá se subieron a dormir inmediatamente. Laura, ya en su cuarto, se cepillaba el cabello, mientras, Angelito se acurrucaba en el cesto de la ropa sucia de su habitación.

MARIANA GARCÍA

Posted in Cuento,Cundo todo esto acabe por cecired79 en diciembre 29, 2009
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Me llamo Mariana García. Nací en Puebla en 1972. Mi vida no es tan interesante como a mí me hubiera gustado, pero no me puedo quejar. Mi padre murió cuando yo tenía siete años. Casi no lo conocí.

Mi madre y yo fuimos durante un año, diariamente, a visitarlo al hospital. No sé exactamente qué tenía, pero tosía mucho, por lo que yo tenía que llevar puesto un cubrebocas desde que llegaba a la habitación, a la salida de la escuela, hasta que me quedaba dormida en el silloncito del cuarto.

Lo recuerdo todo muy bien. Mi padre recostado, con el antebrazo conectado a una manguera y su mano estirada hacia mí, llamándome, moribundo, y yo en la puerta. Me pedía que lo abrazara; tosía y yo sentía que me asfixiaba con el cubrebocas. Escuchaba mi propia respiración, me mareaba, mi padre quería abrazarme y yo me quedaba en la puerta, asfixiándome.

No me he casado todavía, de hecho jamás he tenido una relación estable. Mi psicóloga dice que la enfermedad y muerte de mi padre marcaron mi vida afectiva y que evito establecer una relación seria por temor a perder a la persona amada. No creo tener miedo, tal vez sólo soy un poco insegura. Estoy en espera de alguien que me ame y me acepte como soy. Mi madre era hermosa, mi padre también era muy guapo. Creo que yo también lo era cuando niña. Entrando en la secundaria yo empecé a alimentarme mal, porque Mamá trabajaba todo el día, esto me ocasionó, entre otras cosas, un acné horrible. Ahora ya se me quitó, pero me quedaron las marcas. Antes era bonita, ahora no.

La enfermedad de mi padre lo hacía toser y vomitar sangre de vez en cuando, así que por lo regular había manchas en el piso y en su bata. La habitación olía a carnicería, a vísceras de res. Un día el doctor de la familia consiguió un mejor empleo y tuvieron que poner un sustituto, que le recetó unas pastillas equivocadas a mi padre y le hicieron daño. La mitad izquierda de su cara se torció y se llenó de ronchas en todo el cuerpo. Como le daban comezón se rascaba hasta que le reventaban, entonces el cuarto olía a sangre y a pus, a pesar de que yo traía el cubrebocas. Mi padre tosía, tenía pus en todo el  cuerpo, sólo quería abrazarme y yo me quedaba en la puerta, asfixiándome y con ganas de vomitar.

Todo eso es mentira. Yo soy Mariana García, y sí, nací en 1972, y sí, soy de Puebla. También es cierto que murió mi padre, pero a mí no me dejó traumada, ni me hizo falta nunca, ni me importa mucho si ya no está. Yo siempre le valí madre. Mi mamá y yo le valimos madre siempre. Tenía otra vieja y muchos hijos, incluso tenía uno de mi misma edad. Todos lo visitaban en el hospital.

Mi papá tenía tuberculosis, así que la enfermera me hacía ponerme el cubrebocas y eso me cagaba, pero no me lo quitaba, en parte porque me daba asco el olor a sangre y en parte porque me daba vergüenza que me vieran y  dijeran en voz baja, esa es la hija ilegítima del señor de la cama 37-b. Yo sé que hablaban de mí. En algunas ocasiones encontré a las enfermeras chismeando y diciendo que si de qué clase sería mi mamá, y que yo era la “bastardita del tuberculoso”. Por eso no me importa mucho que se haya muerto. Prefiero que digan que soy la hija del muerto.

Mi mamá no lo podía ir a ver. Su esposa había aceptado que yo lo visitara, pero se le hacía de muy mal gusto que fuera mi madre también. La esposa de Papá envidiaba horriblemente a mamá, porque a pesar de que la señora era muy elegante y guapa, estaba vieja, y mi mamá era hermosa, rubia, alta, de piernas largas y de una sonrisa que volvía loca a todos los hombres, como volvió loco a mi Papá.  Así que ella me mandaba al hospital para que le llevara galletas y le dijera que lo extrañaba.

Al morir mi Papá nos  quedamos más pobres y mi mamá se hizo alcohólica. Yo también lo soy, pero tengo un año de estar sobria. Trabajo en un supermercado para mantener a mis niñas. Su padre se largó con una puta cajera de banco, pero estoy mejor sin él.

A pesar de que la fecha y el lugar de nacimiento son los mismos, yo creo que hay un grave error. Yo soy Mariana García. Estoy felizmente casada y tengo tres hijos. vivo con ellos en una casa grande cerca de la playa. Mi padre, que murió de enfisema pulmonar, no era mi padre realmente. Eso, hasta la fecha, jamás me ha impedido verlo como tal.

Mi Mamá era hermosa, rubia como Marilyn Monroe. Estudiaba su segundo año en la universidad y todos estaban enamorados de ella, pero ella estaba perdidamente enamorada de su maestro de inglés, un gringo treintón, sin dinero, pero con mucha personalidad y mucho verbo.

Pues resulta que una de las veces que salió con él, quedó embarazada. El gringo le dijo que la podía exentar, pero que no podía ayudarla con su problemita. Cómo sufrió mi mamá.

Alberto (el que murió en el hospital) se sentaba atrás de ella en el salón y la veía llorar. Le escribía poemas en secreto y se los dejaba debajo de los cuadernos, sin firmar.

Una tarde mi mamá llegó a  su casa y vio muchas flores y una manta que decía te amo Marilyn. Mamá supo luego luego que había sido Alberto, porque era el único que le decía así. No tomó mucho tiempo para que mamá se enamorara de él, porque era un hombre maravilloso. Seis meses después se casaron. Después él enfermó de cáncer en los pulmones y murió, a pesar de que jamás fumó.

Es gracioso ver cómo las vidas pueden llegar a parecerse tanto. No digo que todo lo anterior sea mentira, sino que la mía es una versión diferente.

A los siete años yo era una niña muy feliz, mi padres se adoraban, eran la pareja perfecta. Sólo me tenían a mí porque creían que a una sola niña podían darle una mejor vida.

Mi padre era marino, era alto, fuerte. Siempre que llegaba a casa me cargaba y me raspaba las mejillas con su barba. Tal vez porque era pequeña, pero me parecía el hombre más grande y fuerte de todo el mundo.

Viajando por Asia contrajo un virus mortal. Lo internaron en el hospital y los médicos se volvieron locos tratando de saber qué era lo que hacía que mi padre estuviera muriendo y buscando una cura para esa enfermedad apenas conocida. No sabían que la ocasionaba, ni cual era el remedio. Sabían de ella porque eran cinco los marinos que la habían contraído en diez años.

Tosía mucho y escupía sangre. Le brotaron erupciones en la piel y las plantas de los pies se le pusieron moradas. Nosotras lo íbamos a visitar todos los días y teníamos que ponernos un cubrebocas, cosa que yo odiaba. Cuando mi mamá salía  yo aprovechaba para quitármelo y platicar con él, abrazarlo.

Los doctores sólo esperaban que mi padre muriera. Primero le dieron un mes, luego cinco, pero mi papá no  se moría, ni mejoraba ni empeoraba. Así estuvo un año, para asombro de los doctores. Los otro cuatro enfermos habían muerto en un mes. Pero mi papá no iba a morir tan fácilmente, era muy fuerte.

Una mañana mi padre amaneció con los pies normales, al otro ya no tenía erupciones y al otro ni siquiera tosía. Milagrosamente se había curado. Había dos posibles razones: que el virus no fuera el mismo que habían contraído los otros marinos, o que la excelente condición física de papá había logrado neutralizarlo.

La primera noche que él durmió en casa, luego de un año en el hospital, empecé a toser. No dio tiempo a que me brotaran las erupciones, pero mi piel se puso negra desde las plantas de los pies hasta las rodillas. Me llamo Mariana García y nunca tuve la suerte, ni la condición física de mi padre, que era marino.

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Posted in Cuento por cecired79 en diciembre 10, 2009
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Cuando Michelle consiguió la pistola de electroshocks no se imaginó que con ella mataría a su hijastra y cambiaría su minuciosamente planificada vida.

Lucía, la vecina de enfrente, le había platicado que por lo menos tres de las casas cercanas habían sido robadas en lo que iba del año. Ni las bardas, ni las rejas, ni siquiera las alarmas habían evitado los atracos. A Marcia Oropeza le había ido bien: sólo alcanzaron a sacar dos laptops, algo de ropa, dinero y un reproductor de DVD´s. A Marcela literalmente le vaciaron la casa. Llegaron en un camión, rompieron el cerrojo, echaron todo arriba -hasta los tapetes- y se fueron, en presencia de algunos vecinos que no imaginaron que a las once de la mañana robarían con tanta desfachatez.

La casa de Michelle olía a nueva todavía. Desde el refrigerador hasta las sábanas se desempacaron apenas seis meses antes. Escogió un mobiliario moderno, casi minimalista, en colores blanco y chocolate. Encargó los cuadros a una pintora francesa que conoció por casualidad. Tenía una cocina enorme y una sala con chimenea, tres recámaras y estudio, cuarto de lavado y una pequeña alberca al fondo del jardín. Su vida era casi perfecta, pero como Michelle siempre se decía frente al espejo, nunca es demasiada felicidad, todo puede mejorar. Y ese era su objetivo desde que entró a la secundaria: vivir mejor. Por eso, pensar en que alguien robara en su hogar le daba coraje, y miedo. En el fondo sabía de lo que se puede ser capaz cuando hay que arrebatar lo que no se puede obtener por las buenas, y le angustiaba que en algún momento el destino la pusiera entre el ladrón y el tesoro. Rodolfo, su marido, la dejaba sola durante la mayor parte del día y se sentía expuesta e indefensa

Su hijastra era único lazo entre Rodolfo y su exesposa. Y qué clase de lazo. Eran idénticas: castañas y extremadamente delgadas para gusto de Michelle, que se enorgullecía de sus curvas exuberantes. Hasta el nombre las unía: Julissa y Julia, la pequeña Juli, la niña de tres años más adorable del mundo. No tanto para Michelle. De hecho, le parecía insoportable, desobediente y caprichosa, y evitaba cualquier contacto con ella, por lo menos cuando estaban a solas, porque frente a Rodolfo la trataba con cariño y mimos. Sabía que eso lo hacía feliz, y no sólo por tratarse de su hija, sino porque le daba esperanzas de que algún día Michelle cambiara de opinión y dejara de negarse a darle un hijo. Las pocas ganas de ser madre se desvanecían cada vez que les tocaba cuidar a la niña, lo cual sucedía con frecuencia, porque desde el divorcio Julissa tenía una depresión que requería que se internara por temporadas. Cuando salían de paseo era evidente que Michelle, morena y de cabello lacio, negrísimo, no era la madre de aquella niña tan distinta.

Últimamente las cosas se habían puesto un poco tensas. El abogado de Rodolfo decía que lo más probable era que Julissa ganara el juicio de custodia por que ya mostraba una gran mejoría gracias al tratamiento siquiátrico. La cuestión preocupaba a Rodolfo porque su intención era quedarse con su hija viviera, pero todavía más a Michelle, en vista de que eso significaba que tendría que compartir el dinero de su marido con la exmujer mientras la niña estudiara, previo acuerdo matrimonial

–Este es un taser. Es un arma que avienta descargas e inmoviliza a cualquier fulano que se quiera pasar de listo contigo o te quiera asaltar. Ahora que fui a San Diego de compras me lo recomendaron mucho. Es buenísimo. Yo compré varios para mí.- le dijo Lucía a Michelle, que sacó el aparatito, agradecida pero un poco desconcertada. ¿En realidad era necesario andar armada? No estaba segura, pero más tarde, en su habitación, lo sacó de la caja y echó un rápido vistazo al instructivo, suficiente para saber a grandes rasgos cómo se usaba. Lo que le intrigaba era en dónde debía llevarlo. Primero pensó en lo más lógico: el bolso, pero la idea se volvió la más ilógica: si le arrebataban el bolso se llevarían la única esperanza de defensa. Probó ponérsela en el brassier. Se sintió como una espía de James Bond, y frente al espejo intentó guardarlo y después sacarlo, cada vez más rápido. En el pasillo, Juli le gritaba que quería hacer pipí y que no podía desabotonar su overol. Michelle la ignoraba y seguía haciendo poses, simulando disparar una descarga.

La niña no aguantaba y entró al cuarto con pasos cortos y las manitas entre las piernas, y Michelle sólo torció los ojos hacia el techo y fingió no verla. La niña no aguantó y dejó salir un chorro que rápidamente hizo un charco en el piso de madera, recién pulido.-¡Eres una puerca! ¡Mira lo que hiciste, cochina!- la jaloneó del brazo, sin percatarse de que aún traía en la mano el taser, y de que presionaba el botón de descarga.

La niña cayó al suelo, y Michelle alcanzó a sentir la electricidad. Por instinto brincó a la cama, alejándose del charco, e hincada, observó a Julia, que no se movía. Juli, Julia, despierta, le decía, pero la niña no respondía, tenía los ojos entreabiertos y de la boca le salía una baba espesa, espumosa.

Juli, Julita, contesta, le volvió a decir, y la empujó con un gancho para ropa que tenía a la mano, pero nada. Michelle bajó de la cama y la levantó. Estaba muerta. Lo único que atinó a hacer ante el pánico, fue ir a la cocina por un trapeador y aventó el taser en una alacena. Luego se dio cuenta de que tenía una niña muerta en su cuarto: peor: tenía a la hija de su esposo muerta por ella sobre la cama, y Rodolfo llegaría a las siete, en menos de una hora.

El bagaje cinematográfico de Michelle sólo la asustó más cuando quiso pensar en una forma de salir del terrible problema en el que se había metido. Lo más terrible fue que había sido totalmente accidental. Por más que aborreciera a la niña, jamás se le habría ocurrido lastimarla. Pero eso a Rodolfo y a la policía no les importaría e iban a acusarla de asesinato. No iba a entregarse: necesitaba deshacerse del cuerpo, una solución tan complicada como el problema, y agravado por la premura del tiempo. Secó el piso con una toalla, y con la misma envolvió a Julia. Era tan pequeña y delgada, que apenas si hacía un bulto. Su refrigerador de última generación tenía un congelador espacioso en la parte de abajo. Sólo tenía una bolsa de verdura y sándwiches de helado, que dejó en el lavatrastes. Sacó la rejilla y metió a Julia, que cupo perfectamente.

Subió a la habitación a darse una manita de gato para que su esposo la encontrara radiante, como siempre, pero la espera se prolongó hasta las diez. A esa hora Michelle ya no estaba tan afectada por la tragedia, era el retraso lo que la tenía molesta. Era la segunda vez en la semana que Rodolfo llegaba tarde sin avisarle.

-Y eso- le dijo Rodolfo, señalando las verduras congeladas.

-Voy a decirle a la muchacha que no cocine más porque pienso dedicarme a cocinar para mi hombre- respondió Michelle y se acercó, coqueta.

-Y lo otro- dijo, señalando los helados.

-Es que traigo un antojo que no te imaginas- abrió uno, y lo mordió tan sugestivamente, que a Rodolfo no se le ocurrió otra cosa que llevarla a su habitación.

Antes de dormir, le preguntó cómo se había portado Juli.

-Bien. Estuvo bien, pero tengo que decirte algo que a lo mejor te molesta. Vino su mamá por ella.

-¿Julissa estuvo aquí? ¿A qué hora?

-Y… no sé… como a las seis y media o siete. Se veía bien, y dijo que se la llevaba de viaje, creo que van a ir a ver a no sé qué pariente en Monterrey.

-Ah. A su tía Olimpia, seguro. Me alegro por ellas. A dormir.

La mañana siguiente no empezó como a Michelle le hubiera gustado. Rodolfo se fue muy temprano porque tenía cita con su abogado para desayunar. Ni siquiera le había dicho si regresaría a comer o si la vería hasta la cena. Quería saber cuánto tiempo tendría para deshacerse del cuerpo. Ese era un gran problema. Sabía que no podía tenerla para siempre en el congelador, pero no iba a enterrarla o algo así. Podía echarla en un bolso grande y tirarla en algún depósito de basura, pero le daba pavor que la vieran y alguien pudiera decir cualquier cosa si descubrían el cadáver. Se decidió por arriesgarse a esperar a que pasara la basura al día siguiente. Nada tenía que buscar Rodolfo en el congelador. Por la mañana la metería en una maleta y directa al bote de la basura. Se sentía culpable y le remordía la conciencia: había matado a una niña. Aún así, todo había sido un accidente, y no iba a perder su matrimonio por algo que ella no había ocasionado.

Después del gimnasio se dio una vuelta por el centro comercial. Pensaba en la manera de contrarrestar el terrible dolor que iba a sufrir su esposo. Se detuvo ante una tienda que le dio la respuesta, sencilla e infalible: era hora de embarazarse. Vio los vestidos en las maniquíes con barriguitas, y se visualizó. Se vería bien si se cuidaba suficiente de no engordar. Tal vez en un año las cosas estarían más tranquilas, por lo pronto, tenía que darle un hijo a Rodolfo para asegurar la relación.

Rodolfo no llegó a comer pero la llamó para avisarle que cenaría con ella, así que Michelle tuvo tiempo de encargar servicio a domicilio de su restaurante favorito, poner la mesa, descorchar una botella de tinto y beber una copa, para relajarse. Rodolfo llegó cuando ella ya estaba un poco mareada, y Michelle no supo si fue por eso que lo notó algo distante mientras cenaban.

Sonó el teléfono y Michelle se levantó, pronta a contestar, pero Rodolfo la detuvo y le dijo que la llamada era para él, y que la tomaría en el estudio. Ella se sintió ofendida: no había sido suficiente con haberla ignorado después de una cena tan deliciosa, ahora hablaba por teléfono a escondidas. ¿Con quién? Nunca había importado cuan privadas fueran las conversaciones, Michelle siempre podía estar presente. Desde el comedor alcanzaba a escuchar la voz de Rodolfo, pero no entendía nada y se alarmó cuando aquella empezó a subir de todo, casi hasta los gritos.

Alterado, y sin comentarle nada, fue a la cocina a servirse un poco de whiskey. Presionó el vaso contra el dispensador de hielo del refrigerador pero estaba vacío. Abrió la puerta del congelador y encontró un bulto rosado, que resbaló hacia el piso. Medio envuelta, y con la piel morada, estaba su pequeña, tiesa.

El alarido que Michelle escuchó la hizo temblar. Sabía que estaba perdida, y dudó en huir o tratar de explicar lo ocurrido. Entró en la cocina y Rodolfo lloraba, abrazado al cadáver. ¡Qué le pasó! ¡Qué le hiciste a mi niña! –gritó- y la agarró del cuello. Michelle jaló una jarra de agua que tenía a la mano y se lo lanzó a la cabeza. El cristal se rompió en su frente y Rodolfo la soltó. Corrió a la alacena para sacar el taser, pero él la siguió y se lo arrebató. En medio de un forcejeo, Michelle sintió un piquete en la pierna y luego una corriente que le subió hasta la cadera. Se retorció de dolor mientras Rodolfo se cubría la frente con la mano, intentando detener la sangre que escurría. Michelle se levantó y recibió otra descarga, esta vez en el abdomen, que la tiró al piso y la dejó sin movimiento unos minutos.

Rodolfo subió a Julia a la barra de la cocina y volvió a abrazarla. Mareado y llorando, llamó a la policía. Mi hija está muerta –sollozó- está muerta –volvió a decir, y no pudo hablar más. El pequeño cuerpo empezaba a descongelarse y su bracito izquierdo colgaba ya, despegado del cuerpo. Michelle aprovechó el descuido para tomar el taser que estaba en el fregadero, y se aventó, cojeando, sobre Rodolfo. Se colgó de su espalda, le dio una descarga en la nuca, y nuevamente, por obra del destino, el agua hizo su parte.

Sintió caer el cuerpo de su esposo sobre ella, más pesado que nunca. Quería quitárselo de encima pero sus piernas no tenían fuerza suficiente. El timbre sonó una, dos veces y una tercera. Michelle gritó con todas sus fuerzas, jalando el aire que pudo, aún con los ochenta kilos que tenía sobre el pecho. Escuchó un golpe y ruido metálico, y luego entraron dos policías, que al ver la escena, corrieron a ayudarla.

La sala de la comandancia tenía una hilera de sillas azules ocupadas todas por gente que se notaba a leguas que tenía problemas. En ese momento, nadie habría pensado que Michelle era la esposa (ahora viuda) de un importante arquitecto, más bien parecía, por la ropa rasgada y las manchas de sangre, alguna mujer de la calle que había salido mal librada de una riña. Los paramédicos la atendieron en el camino, tenía golpes en varias partes pero lo que más le dolía eran la pierna y el abdomen, los blancos del taser. Aún con los analgésicos sentía un dolor que le penetraba en los huesos. Pero lo físico no la angustiaba tanto como la preocupación. Hasta ese momento nadie le había preguntado nada sobre lo ocurrido y llevaba esperando mucho tiempo, incluso pudo dormir un par de horas con la cabeza recargada en la pared.

Fue cuando ya había amanecido que la pasaron a otra sala, tan sucia como la primera, pero mucho más pequeña. Una señora con un saco, falda y zapatos de punta cuadrada jaló una silla y se acomodó frente a ella. Era la abogada comisionada por la oficina de protección a la mujer. -Quiero que me platiques lo que pasó, pero ahorita que nos traigan un café- le dijo, y se quedó viéndola fijamente -tal vez examinándola- hasta que una policía entró con dos vasos.

Bebió unos sorbos y le tomó la mano. Michelle se sintió incómoda ante la aproximación. – Sabemos que tu esposo aseguró a su hija y que su exesposa acababa de ganarle el juicio de custodia y recibiría la pensión. Lo que queremos saber es si tú estabas enterada de su plan.

Michelle preguntó si podía beber café y aprovechó para digerir lo que había escuchado. No la culpaban a ella. Rodolfo tenía un motivo para matar a su hija, y ahora sólo era sospechosa de haber participado en el asesinato.

-Yo no sabía nada- dijo Michelle y tomó la servilleta que le dieron con el café. Su cara se volvió entonces (con toda la intención) la de una mujer sufrida e indefensa. -Como si fuera a decirme algo. ¿Sabe? Yo me casé muy enamorada, fue el primer hombre en mi vida. Pero la ilusión me duró poco. Todo el tiempo estaba quejándose de su ex y de la niña. Tanto, que estaba ocasionando problemas en nuestro matrimonio. Pero no era lo único. Llegaba tarde, casi no me hacía caso. No quería aceptarlo, pero creo que ya tenía otra, le gustan las mujeres bellas y muy jóvenes, le gusta lo nuevo. Cuando se aburrió de Julissa se casó conmigo, si se aburría de mí me cambiaría por otra. Él iba a dejarme.

Michelle salió de la comandancia después de seis horas más. Una patrulla la llevó a casa de su madre, porque en la suya estaban haciendo averiguaciones. Acostada en su cama de la adolescencia, se sintió protegida, y por un momento pensó que pudo haber vivido más tiempo ahí, por lo menos hasta los veinte años, haber estado con su madre y no preocuparse tanto por conseguirse un marido rico. Al despertar recordó el motivo que la hizo aborrecer esa vida: los gallos cantando en la madrugada, el calor que el ventilador no le había quitado, los muebles viejos, su madre, el abuelo que ya casi no caminaba. Odiaba ser pobre, odiaba vivir como pobre. Por primera vez en mucho tiempo, lloró. Lloró hasta que escuchó que le gritaban que había alguien en la puerta, esperándola. Era Carmina, la trabajadora social, que llevaba puesto un traje igual al que usó el día anterior pero de otro color.

Michelle le pidió que la acompañara a su casa a recoger un poco de ropa, porque, según ella (y su expresión de honda tristeza lo confirmaba), le daba pánico entrar en aquel lugar en el que había muerto esa niña inocente y donde casi muere ella también. Pero al estar ahí y ver cómo la policía había removido toda la escena del crimen, su tristeza desembocó en un mar, que digo mar, una tormenta de llanto, al pensar que ese fue su hogar y ya no lo sería más. Pero Carmina, tomando su papel de auxiliadora muy en serio, le aseguró que todo estaría bien, y tomándole la mano, le prometió ayudarla para que pudiera conservar lo que le pertenecía. Era una víctima más de los hombres, no merecía seguir sufriendo.

Como si fueran conocidas de toda la vida, tomaron café en el centro y luego Michelle regresó a casa de su madre, ahí Carmina volvió a tomarle la mano, esta vez con más ternura, y reiteró la promesa de solucionar sacarla del infierno que estaba pasando.

El despacho del abogado estaba decorado como si fuera una selva, con colores de tierra y cuadros de animales salvajes en cada una de las paredes. Michelle se había esmerado en su arreglo personal esa tarde para causar la mejor impresión. Carmina hablaba en el privado con el abogado antes de hacerla pasar, y Michelle confiaba en que todos los años que su trabajadora social tenía de experiencia, sumados al “especial afecto” que le había tomado, servirían para conseguir la casa y una buena suma de dinero. Pero la abogada salió con una cara tan larga que Michelle, sin hacer preguntas siquiera, salió detrás de ella y subió al auto.

-Tu esposo habló con su abogado un día antes de que lo arrestaran. Cambió su testamento y todo lo que había a tu nombre lo puso a nombre de su exesposa. De hecho, dio órdenes de que por ningún motivo, después de su muerte, te otorgaran ninguno de sus bienes. Como se casaron por bienes separados y no tuvieron hijos, legalmente nada es tuyo. Tenías razón: ya planeaba dejarte. Pero vamos a conseguir una indemnización por el tiempo que estuvieron juntos. Esa casa va a ser tuya, mi niña, no llores.

Michelle lloraba por la casa y porque en realidad jamás sospechó que Rodolfo quisiera separase.

Su madre se veía verdaderamente feliz de tenerla con ella. Cocinó tamales para la cena, y Michelle los disfrutó hasta que llamaron a la puerta. Eran dos policías que la agarraron del brazo y la subieron a una patrulla. Mirando por la ventana a su madre que los seguía gritando por la calle, escuchó que le dijeron sus derechos, o eso le pareció porque en su mente sólo trataba de pensar qué había podido pasar, por qué las cosas habían cambiado en su contra.

Cuando llegaron a la comandancia le volvieron a leer sus derechos, le quitaron sus alhajas y la esposaron.

Rodolfo sí la engañaba, pero no con otra más joven, sino con Julissa. Unos meses atrás, cuando había empezado con las crisis depresivas, comenzó a visitarla. Al ver su mejoría y darse cuenta de que le hacía mucha falta, sus visitas se hicieron más frecuentes. Convivieron sin compromisos y revivió el amor que habían perdido. Se veían por las tardes, tres o cuatro veces por semana. A veces aprovechaban que Michelle cuidaba a la niña para ir a un hotel y estar solos. De hecho mientras Julia moría electrocutada, Rodolfo y Julia se relajaban en la alberca de su motel preferido. Por eso, cuando Michelle le dijo que Julissa se había llevado a la niña, sospechó lo peor: un secuestro, una extorsión. Probablemente la tendría en casa de su mamá, a donde nunca había ido por órdenes estrictas de Michelle y de la cual no conocía la dirección. Le avisó a Julissa, y le rogó que no hiciera nada hasta que él arreglara algunos asuntos legales. Al morir Rodolfo, Julissa habló sobre el secuestro con el abogado, Luego, una bienintencionada intervención de Lucía, la vecina, que les contó de dónde había salido el teaser.

Michelle, culpable, recibió una última vez la visita de Carmina en el CERESO, quien, con la mano sobre su mejilla, le prometió ayudarla cuando saliera, en unos quince o diez años.

En la esquina… por favor

Posted in Cuento por cecired79 en diciembre 7, 2009
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En la esquina

…por favor

Para Martha las cosas nunca fueron fáciles, pero su mamá le enseñó a enfrentar la vida con una sonrisa y pan dulce. Por aquello de las dudas, esa mañana se comió dos: una concha y una dona de chocolate, aprovechando que por error Luz y Saúl habían pasado a la panadería por separado y habían llevado doble ración familiar.

Tomó el pesero, como siempre, a las seis, para alcanzar a llegar a las siete, antes de que le cerraran la puerta de la secundaria. Todavía no salía el sol pero ya estaba sudando, sobre todo cuando bajó del pesero y caminaba las cuadras que le faltaban para llegar a la escuela.

Se sentía incómoda. Más que la mayoría del tiempo. Por lo regular llevaba zapatos con calcetas altas, casi hasta la rodilla, pero como un día antes había sido su cumpleaños y le compraron un par de tenis nuevos, se había animado a estrenarlos con el jumper del uniforme, así que la cortísima falda que había sido de su hermana Cristi ahora se veía aún más corta con tenis y calcetines.

Una calle antes de llegar, afuera de la papelería, -que aún estaba cerrada-  un hombre le preguntó la hora. Martha no quiso acercarse porque la sombra le impedía verle la cara, así que apretó el paso, pero volteó cuando aquel le grito ¡Hey, se te cayó algo! Entonces lo vio parado con la camiseta levantada y los pantalones desabrochados, sonriéndole.

Martha salió corriendo y no paró hasta que estuvo sentada en su pupitre. Cuando tuvo oportunidad les contó a Jéssica y Yadira lo que le había pasado. Las amigas no aguantaban la risa, y entre morbosas y apenadas, le preguntaban detalles que Martha no podía contestar por vergüenza.

-¿Y estaba muy feo, el viejo?-preguntó Yadira, mordiéndose la manga de la sudadera.

-Pues la verdad ni estaba viejo ni feo. Era un señor, pero joven, y estaba güerito. Aquello no se lo vi. Cuando volteé y me di cuenta de que tenía el cierre abajo, di la vuelta y corrí porque me dio miedo que me hiciera algo. Pero no, se quedó parado y quién sabe si lo vio alguien más.

En casa no comentó nada. No quería ni imaginar lo que haría su padre si se enteraba. Era capaz de mandar a su hermano Roberto a acompañarla diario, y él lo iba a hacer de mala gana y se desquitaría con ella. La última vez que su papá lo mandó a recogerla a una fiesta le había dicho que con el vestido que llevaba se parecía a “chachita”, la de “nosotros los pobres”.

La hora de la comida es ideal para convivir sin tener que decir una palabra. Así es casi siempre en las familias grandes. La mesa puesta para once personas: su papá en el lugar principal; a un lado sus hermanos Roberto, Saúl y Martín con su esposa Vicky; enfrente sus hermanas Rosy, Cristina, Luz, y el pequeño Jesús, Chuchín. Su madre que va y viene de la cocina con platos, tortillas calientes y salsas caseras y no se sienta más de dos minutos seguidos.

Si la hora de comer es ruidosa, la de ir a la cama es peor. La casa en la que vive tiene tres recámaras en la que se reparten todos. Sólo Martín y su esposa duermen en la sala porque no pueden dormir juntos en la recámara de chicos ni en la de chicas. Por esa falta de privacidad, Martha tiene que escribir su diario en el techo, en donde la molesta el perro pero por lo menos no le pregunta qué escribe ni la interrumpe a cada rato. Martha desea una computadora. La desea con todas sus fuerzas. Hay una en su casa pero es para los trabajos de la escuela de todos y para ella nunca está libre. Quiere escribir su diario y guardarlo en un archivo privado porque sabe que su cuadernito lo va a encontrar alguien en algún momento y entonces se le acabará la vida.

Escribe sobre lo que vio en la mañana, con la cabeza más despejada. Trata de entender pero se confunde. ¿Para qué querría alguien enseñar sus partes a una chica desconocida? ¿Se sentirá tan guapo que quiere presumirlo? ¿Pretendía hacerle algo y no le dio tiempo? Cierto era que el hombre no estaba feo. De hecho era atractivo. Qué bueno que no alcanzó a verlo bien de la cintura para abajo. O qué malo. Tal vez le hubiera gustado mirar. Nunca había visto a un hombre desnudo, por lo menos no en persona, sólo en dibujos. De repente le entra la idea de borrar lo escrito o romper la hoja, pero confía en que ni Chuchín lo buscaría detrás del tinaco.

Salió al día siguiente a la misma hora y de nuevo llevaba los tenis. Antes se miró largo rato en el espejo y notó que se le veían bonitas las piernas con calcetas bajas. ¿Y si a ese hombre le gustó precisamente por las piernas? Si lo volvía a ver… ¿sería posible que hiciera lo mismo?

Se peinó las cejas con los dedos y un poco de saliva en cuanto bajó del pesero. Pasó por la papelería pero no había nadie allí.

Martha quiere ser escritora pero por lo pronto está en secretariado, entró en ese taller porque planea aprender a teclear muy rápido para cuando tenga su propia computadora. Pero ni de broma piensa ser secretaria. Su hermana Rosy hizo la carrera comercial y es muy buena en su trabajo, pero se la pasa quejándose del Ingeniero,  su jefe, al que tiene que nombrar siempre con el cargo y el nombre completo, y soportar su aliento de cadáver todas las mañanas. Ella va a estudiar algo relacionado con la literatura y será famosa como J.K. Rowling; rentará un departamento para ella sola y no tiene planeado casarse hasta que esté muy grande, tal vez a los treinta. Mientras va a tener muchos novios y galanes, y si no encuentra a alguno que la convenza entonces se quedará soltera por siempre para gozar la vida.

Martha se acuesta en la “cama” que tiende en el piso todas las noches y levanta por las mañanas, y cierra los ojos aunque no tiene sueño. Puede pensar en cualquiera de los niños que le gustan de la escuela, pero le viene a la mente la imagen del exhibicionista, imagen que no se le ha borrado desde aquel  día. No quería aceptarlo pero tiene ganas de verlo, de pedirle que platiquen en algún lugar. Que si le gusta tanto mostrar sus partes, está bien, ella puede observarlo, pero quiere ver su cuerpo completo. Si regresara a la papelería le diría que se desnudara para ella ya que parecía estar tan cómodo exponiéndose. Quizás, en el mejor de los casos, él también quisiera verla desnuda, y tal vez, Martha podría mostrarle su cuerpo como le había mostrado sus piernas aquel día. El caso era encontrarlo de nuevo.

Cuando le llega el sueño ya no puede dormir porque Cristina y Luz no dejan de platicar aunque se los pide de buena manera y luego con groserías.

A Martha le parece que las mañanas son mejores con un vaso de leche fría con café y un pan de dulce, y también cree, cada día, que será el día en que se lo tope de camino a la escuela, y cada vez, cuando faltan una o dos calles para pedir la bajada del pesero, saca su espejito y su brillo de labios, por si las dudas.

Hello world!

Posted in Uncategorized por cecired79 en diciembre 7, 2009

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