EL CIRCO

1ERA PARTE
Esta vez estaba decidida. No era como las otras ocasiones en que amenazaba con algo y luego lo olvidaba o le daba flojera hacerlo.
Así había pasado por varias facetas. La Laura suicida duró poco. Jamás llegó ni siquiera a estar cerca de ver sangre correr por sus brazos. Si no era porque en el momento de hacerlo le llamaban por teléfono para salir a vagar, era porque tenía sueño o porque el pantalón que traía le gustaba mucho y no quería mancharlo. Las pastillas jamás fueron una opción porque le daba asco eso de que se aflojan los esfínteres y todo lo demás. Conseguir una pistola era muy difícil y por eso la idea de suicidarse le duró muy poco.
Luego sufrió una especie de rechazo hacia los alimentos de origen animal. Comenzó a leer cosas sobre la salud y la reencarnación o qué sé yo y decidió que sólo comería frutas, verduras y similares. Pedía las hamburguesas sin carne y los hot dogs sin salchicha. Pero conoció a un chico que trabajaba en un restaurante y su especialidad era el filete miñón, así que para quedar bien con él iba y pedía uno para luego mandar felicitar al chef. Dejó su vegetarianismo y el fulano finalmente no la peló.
En la universidad se conoce mucha gente de todo tipo, y Laura un buen día decidió buscarse un nuevo círculo de amistades. Así pasó dos semanas sentada en el suelo, sin usar zapatos, tocando la guitarra, fumando marihuana y sin bañarse, pero un día en que andaba en sus cinco sentidos se vio en el espejo y se dio cuenta de que tenía caspa y mugre y le dio asco. No volvió a frecuentar a sus amigos y las drogas ya no le llamaron más la atención.
Lo último fue la Laura en huelga de hambre. En la televisión pasaron la película de Gandhi y se convenció de que la gente no la escucharía hasta que hiciera algo en verdad impactante. Se quedó en ropa interior y se sentó a dejar que el hambre y la sed trajeran la paz mundial.
Su familia se turnaba para tratar de convencerla de desistir a su tonta idea, pero sólo perdían el tiempo. Papá se golpeaba la frente al ver que sus esfuerzos eran inútiles y luego lloraba como una señorita despechada. Mamá se sentaba frente a ella y le hablaba, llamándola por sus dos nombres, tratando de hacerla entrar en razón, pero al final terminaba cansándose y se iba. Angelito, su hermano, sólo le dejaba el plato en el piso y se sentaba junto a ella a ver la tele, porque en su propio cuarto no había una. Fueron cuatro días y ni un solo kilo menos. Por las noches Laura no aguantaba el hambre y bajaba a la cocina a comer hasta hartarse.
Sus padres ya estaban acostumbrados a las locuras de la niña, y no es que no les preocupara, sino que sabían que siempre terminaba olvidándolas y buscando algo más descabellado.
Entre una y otra rachas había una de lucidez, en la que eran una familia normal. Sus padres se habían casado cuando ambos tenían dieciséis años. Laura, que entonces diecinueve, entró antes de tiempo a la universidad por ser una niña brillante, y Angelito, de seis, era un niño simpático y muy listo. Dentro de lo que cabía Laura era una chica normal. Generalmente estaba contenta, pero en su cabecita maquinaba cosas sin sentido sin ni siquiera saber por qué.
Pero ahora estaba decidida. Estaban atravesando uno de esos momentos de familia normal, cuando llegó un circo a la ciudad. Como se habían distanciado un poco mientras duró la huelga de hambre, los padres creyeron que era una buena idea ir a divertirse un rato.
De regreso en casa, Laura tuvo una epifanía: su vida estaba en el circo. Así que se iría con él. Empacó algunas cosas, escribió un recado para sus padres, y mientras estaba pegándolo en la puerta, vio salir a su familia con maletas en mano.
-Listo, vámonos- dijo Mamá
-¿Qué creen que están haciendo?
-¿Te vas al circo, no? Pues nos vamos todos.
-Pero, ¿qué piensan hacer ustedes en el circo?
-¿Y qué piensas hacer tú?
Así, sin decirse nada más, dejaron trabajo, escuela, casa, carro y vida para seguir al circo.
La mañana siguiente fue extraña. Los cuidadores bañaban a los animales, haciendo un ruido que resultaba poco común para quienes habían vivido toda su vida en la ciudad. El tráiler donde pasaron la noche olía a incienso y a flores, pues, como eran nuevos, tuvieron que dormir en el camión del vestuario y los adornos.
Hay muchas cosas qué hacer en un circo. Limpiar a los animales, alimentarlos, preparar el vestuario, ensayar los actos. Ese era el problema: necesitaba un acto. Laura tenía la esperanza de que, no teniendo nada que hacer, su familia se iría. Pero no sabía que ellos ya tenían todo resuelto.
Papá tenía buena puntería, y descubrió que sería bueno con los cuchillos y Mamá sería su asistente en un acto con globos y venda para los ojos.
El acto de Angelito sería una sorpresa.
Laura no sabía qué iba a hacer y comenzó a desesperarse. No sabía bailar, ni cantar, le daban miedo las alturas y los animales más.
-Maldita sea. Piensa Laura, debe haber algo para lo que seas buena. No me lanzaré al cubo con agua. Eso sí que no… me da miedo la plataforma. Maldita sea, con miedo no voy a llegar a ninguna parte. Laura, por favor, acuérdate de Mony, que te decía que tú eras la chica de acero… Eso es.
2DA PARTE
Las luces se apagaron y en el techo comenzó a girar una bola de espejos, llenando la oscuridad de destellos, mientras la voz del presentador daba la bienvenida.
Señoras y señores, niños y niñas, el circo de los hermanos Alameda les da la bienvenida a su espectáculo de magia y acrobacia. Con ustedes el mago Black y su asombroso acto de ilusionismo.
El mago Black realmente era fabuloso. Volaba sin cuerdas y partió a su asistente en seis partes. Apareció una ballena en una especie de gran pila transparente en la que no había nada. Un niño de la primera fila pudo incluso lavarle los dientes con un cepillo enorme. El animal dio un aletazo y bañó al público de las dos primeras filas. Luego cubrieron la alberca con una gran lona morada con estrellas blancas, el mago dijo unas palabras, levantaron la lona y ya no estaba ni la ballena ni la alberca, sólo había quedado el cepillo de dientes.
El siguiente acto fue de payasos. Uno muy chistoso, chaparrito, se subía a una escalera móvil y otros dos lo movían de un lado a otro mientras el público se angustiaba porque en cada movimiento parecía que se iba a caer y a partirse la cabeza naranja en mil pedazos. Cuando por fin se cayó, un payaso corpulento lo cogió en brazos y la gente aplaudió feliz de no haber visto al payaso desangrarse en medio de la pista.
Luego salieron unas chicas con caballos, dando giros y piruetas a galope, con trajes brillantes, con plumas. Al final hicieron una pirámide muy espectacular.
Pasaron el domador y sus fieras, otros payasos, el hombre fuerte cargando cajas de seguridad y hasta un elefante, y más payasos.
Y ahora, desde la lejana Rusia, los Krakovsky, con su sorprendente número de los cuchillos!!
Salieron Mamá y Papá vestidos de rojo con negro. Papá con un traje y una capa, y Mamá con un diminuto traje y medias caladas. Mamá se acomodó en un círculo, le amarraron manos y pies y comenzó a girar. Papá le lanzó cuchillos y luego, con la cabeza dentro de una bolsa de papel, reventó globos que Mamá sostenía con las manos y la boca. Acabaron el acto muy tranquilos, como si lo hubieran hecho toda la vida.
La gente había aceptado muy bien el número. Papá se veía muy apuesto con el cabello rubio (porque a ambos se lo tiñeron de ese color) y Mamá arrancó varios silbidos del público.
Los malabaristas hicieron volar muchas cosas: sillas, mesas, pelotas, botellas y hasta dos chicas que parecían estar hechas con algo más ligero que el algodón.
Y ahora, querido público, prepárense para ver un acto nunca antes visto por el ojo común. Desde Canadá. Laurie, la chica de acero.
Laura apareció en la pista con un traje de lentejuelas plateadas, con el rostro, el cabello y las manos, pintados de plateado, y una cadena alrededor de la cintura. Dos ayudantes pusieron una mesa con lo que ocuparía en su acto.
Laura, o Laurie, como era su nombre artístico, se sentó en el piso un momento para concentrarse. El público guardó silencio para no distraerla. Ella se repetía en voz baja. Soy una chica de acero. Soy una chica de acero.
Se levantó y sacó de una caja negra una bolsa con corcholatas. Sacó una y la enseñó al público. Luego la metió en su boca y la masticó. Sacó la corcholata plana y perfectamente circular. Luego comenzó a meterlas una a una en su boca mientras la gente contaba. Uno, dos, tres, diez. Las masticó y sacó una gran bola de metal compacto. Los aplausos no se hicieron esperar. Así masticó más metal y parecía que realmente sus mandíbulas eran de acero. Para finalizar el acto sacó una botella de vidrio y la mordió, arrancándole el cuello, lo masticó, y siguió mordiéndola hasta que toda la botella fue triturada con sus dientes. Se acercó al público, luego escupió los vidrios en una caja con su nombre. El aplauso no se hizo esperar. La gente no podía creer lo que veía.
Por fin el número final: los trapecistas haciendo mil cosas en el aire.
Cuando la gente creyó que ya se había terminado el show, el presentador les dijo que no se fueran sin ver la sorpresa que les tenían preparada.
La bola de espejos bajó hasta el piso, una payasa la desenganchó y jugó un poco con ella, haciéndola rodar. Luego la dejo en medio de la pista. De golpe, la esfera se abrió y salió de ella Angelito, con un traje de colores y una coronita en su cabeza. La gente aplaudió mucho el final.
El gerente estaba encantado con los nuevos actos. Los Krakovsky saldrían a diario. Laurie se presentaría un día sí y otro no, porque tenían que dejar que le sanaran las heridas en la lengua y encías.
Angelito había estado fenomenal, pero decidieron que ya no permanecería oculto durante toda la función. Sino que podían meterlo en otros lugares pequeños como cubos o una lavadora de juguete. Definitivamente no podían desperdiciar su talento limitándose a una bola de espejos.
Visitaron muchos países, cautivando públicos diferentes, modificando sus actos, mejorándolos. Mamá y Papá ya no sólo hacían el lanzamiento de cuchillos convencional, ahora Mamá se metía en un sarcófago de papel y Papá le lanzaba los cuchillos sin verla. Una vez nada más hubo una falla y Mamá casi pierde un dedo. Por suerte pudieron coserlo a tiempo y el percance no pasó a mayores.
Angelito era la estrella infantil. Con un poco de esfuerzo podía encogerse tanto que cabía en los lugares más reducidos. Cada presentación era diferente. Estuvo dentro de una pelota con la que los payasos jugaron un partido de futbol, dentro de una caja de regalo que sostuvo un niño del público durante la mitad de la función. Al final, salió saltando con un traje de arlequín, asombrando a los espectadores. Se metía en una esfera transparente y luego la introducían en la boca de un elefante o de la ballena en el acto del mago Black.
Laura ya no sólo masticaba metal y vidrio, sino que se tragaba puñados de tachuelas, alfileres, clavos. Introducía una daga de treinta centímetros por su boca, trituraba las botellas con las manos antes de masticarlas, rompía espejos en su frente. En fin, cada vez su acto era más sorprendente. Chang, uno de los trapecistas, le daba ideas y le ayudaba a planear su acto, a preparar el vestuario, a maquillarse. Se hicieron buenos amigos, después, la amistad se convirtió en romance. Juntos bañaban a los leones, paseaban por las ciudades que visitaban. Chang le curaba las heridas de las manos, frente y boca.
Una noche, durante la segunda función, los trapecistas presentaban su acto. Como siempre, Laura veía a Chang desde atrás de la pista. Algo pasó, la cuerda que sostenía el trapecio de Chang no soportó el peso, y se rompió. El joven cayó en la red de seguridad, pero cayó parado y rebotó, proyectándose hacia fuera de la pista, cerca de donde vendían golosinas en el intermedio. El público guardó silencio durante los segundos que duró todo esto. Un golpe seco se escuchó al caer el cuerpo del joven chino contra el suelo.
Laura observó de lejos cómo sacaron al público para que los paramédicos pudieran trabajar. Vio cómo subieron a Chang a la camilla. Cómo limpiaron la sangre del piso. No hizo nada más que mirar detrás del escenario.
El espectáculo tenía que continuar y continuó, aunque las cosas ya no eran iguales sin Chang, sobre todo para Laura. Siguieron viajando por el mundo, presentándose una y otra vez. Viajando regresaron a la ciudad de donde habían salido. Después de la función, sin decir nada, tomaron sus maletas, y así como llegaron al circo, se fueron.
Llegaron a casa. Mamá y Papá se subieron a dormir inmediatamente. Laura, ya en su cuarto, se cepillaba el cabello, mientras, Angelito se acurrucaba en el cesto de la ropa sucia de su habitación.
